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SáBado 19
Julio 2008

 
 

Jorge Gonzalvo

 
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Historia en sí menor
22/04/2008

El director de orquesta y la concertino se citan clandestinamente en el parque como cada mañana de martes, que es el día libre en la sinfónica. El director de orquesta lleva rosas recién cortadas, un gesto que a la concertino, pelirroja, metro setenta y cinco y veinticuatro años, le resulta ciertamente irritante, como si a ella se la pudiera satisfacer con un método tan palmario y quedar bien con una mujer -con cualquier mujer- fuera algo tan simple como ir a la floristería y pedir lo de siempre a una señora canosa con cuellos de almidón. Recién cortadas además, no te jode, susurra la concertino, cuyo temperamento irlandés le resta algo de su delicadeza en momentos así. Si por lo menos fueran media docena de claveles chinos, o unas dalias secas, pero no. Rosas blancas. Recién cortadas. Menudo cliché. La concertino irlandesa, formada en Alemania, Suiza y Austria, se presenta a la cita con uno de esos vestidos de volantes que le quedan tan bien y que sólo se pone para provocar a otros hombres e irritarlo a él, al director de orquesta italiano, maduro y divorciado de su tercera esposa. Se dan un beso en la mejilla, demasiado formal, tan alejado del sexo furtivo que ambos practican en los mejores hoteles de toda Europa, tan lejos de la sed con que se buscan en mitad de algún adaggieto. El director de orquesta tropieza con algo parecido a un desafío en la mirada líquida, verde absenta, de la concertino, algo así como una apuesta arriesgada, que le lleva irremediablemente a entrar al trapo. ¿Me quieres?, le pregunta desde el nacimiento de un temblor, él que siempre enarbola su batuta con el pulso firme de un mosquetero. Enseguida se arrepiente de tamaña estupidez. Preguntar a una concertino pelirroja de veintipocos, y además irlandesa, si te ama es lanzar al aire un boomerang ponzoñoso que puede acabar rompiéndote el tabique nasal, estúpido, se dice, más que estúpido. Tras un carraspeo suave, ella dirige la vista a la punta de sus pies, a sus uñas pintadas de malva. Se acaricia nerviosa las rodillas y viene a contestar algo que es a medias entre un sí y un quizás, o al menos eso cree el pobre director de orquesta canoso y un tanto astigmático. Pero, vamos, que sí. Es un sí poco convincente, un poco cogido por los pelos. Un sí raquítico, desafinado, no el sí rotundo, como de ovación cerrada, que uno desea escuchar tras una pregunta de ese calado. Un sí más enclenque que el resto de síes del mundo.

No muy lejos de donde se encuentran, un chaval también pelirrojo deja escapar de sus manos algunos globos para hacer rabiar a la chica que le gusta. Después le tira del pelo y un poco más tarde le pone una zancadilla. Queda claro para el director de orquesta italiano que, a partir de este momento, lo de ellos es una historia en sí menor, y que va siendo hora de comprarle otras flores o incluso un cactus expresionista a la concertino irlandesa si lo que pretende es poder seguir acariciando su cuello de arpa en alguna habitación de hotel.

Escrito por Jorge Gonzalvo a las 22:11

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Los olvidados
10/01/2008

Los olvidados se olvidan todos los días, se olvidan tanto que no encuentran la forma de no pensar en otra cosa. ¿Se echan de menos?. No es probable, nadie lo hace entre los olvidados. Se olvidan cada día, desde que se levantan (nunca es lo mismo levantarse que despertarse, del mismo modo que tampoco es lo mismo levantarse que abrir los ojos) hasta que se vuelven a levantar. Porque la vida consiste en levantarse todo el tiempo de todas las caídas, levantarse un lunes para encaramarse a los viejos ideales y alzar bien alto los brazos para ser vistos desde aquel avión en el que nunca podrán huir. Es posible escapar de los recuerdos, pero no se puede escapar de lo que uno olvida. Por eso los olvidados pueden levantar un planeta con apenas unas tablas y una pequeña asignación semanal de sueños rotos. Se olvidan todos los días, se olvidan porque el recuerdo les duele -aunque eso lo saben bien-, tanto que les come el deseo de lo que no tienen y se olvidan, además, de las letras del banco, de las facturas que pasa la vida, las que vencieron a primeros de mes y las que aún no llegaron. Y por supuesto se olvidan de lo que no supieron decirse de cualquiera de las maneras. Los olvidados se olvidan de todo, en definitiva, de sus nombres, de las ganas acumuladas, de todo eso que les arde en la piel y que después de la catástrofe que les aguarda no servirá ni para chatarra.

Fotografía: © David Niles

Escrito por Jorge Gonzalvo a las 2:18

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Señor Azul
18/12/2007

El señor Azul (lo de azul viene por una mala traducción relacionada con la extensa gama de tristezas que es capaz de alojar en las entrañas) hace todo lo necesario para no pensar. Lee libros para no pensar, escribe tonterías para no pensar, también lo hace para que alguna antigua novia suya -que, por otra parte, no quiere saber nada de él- pueda criticar esas estupideces que escribe de vez en cuando. Por eso y porque le gusta que le metan caña que, dicho sea de paso, le sirve también para no pensar. Se pierde en avenidas sembradas de soportales que bostezan despedidas para no pensar y solicita en algún estanco -con el correspondiente impreso- un poco de ternura de segunda mano para no pensar. Acude a la oficina para no pensar, le mira el culo a la de Recursos Humanos para no pensar, disimula estar bien o tirando (lo que él denominaría "normal") para no pensar, camina como si le persiguieran los recuerdos con tal de no pensar, se compara con tipos que jamás serán como él para no pensar, se detiene en los escaparates de lencería fina y no reconoce su reflejo entre tanto maniquí de medidas perfectas, si es que eso puede decirse que sea algo que ayude a no pensar. Observa a la mujer del tiempo y sus manos de mujer del tiempo para no pensar. Se imagina todas esas borrascas avanzando entre sus costillas. Entra en una agencia de viajes, se presenta, soy el señor Azul, dice todo pomposo y a continuación averigua la mejor manera de abandonar la ciudad discretamente, quiere visitar ciudades con nombres impronunciables, para que luego no puedan encontrarle -Tewkesbury por ejemplo- incluso cuando los de la agencia de viajes le contemplan de un modo extraño, el señor Azul les mantiene la mirada para no tener que pensar, uno, dos, tres...cinco...diez y les sigue mirando para no pensar. Se salta los semáforos para no pensar y encaja con indiferencia los insultos del taxista que ha tenido que esquivarle en el último momento. Hace fotos de las aceras que pisa para no pensar, duerme con viuditas desdentadas para no pensar, silba canciones tristes, todo para no pensar. Visita amigos que creen firmemente en la posibilidad de no pensar -al menos durante un tiempo-, intenta alargar ese tiempo, estirarlo como si fuera un domingo de un verano que una vez tuvo y se marchó dando tumbos, fuma (él que nunca ha fumado) cigarrillos bajos en nicotina para no pensar, responde cartas atrasadas para no pensar, hace el equipaje y lo llena de ropa interior como para una vida entera y también aunque muy de vez en cuando, se fuga con la vecina del sexto que no está nada mal, total, para no pensar. Hace cualquier cosa para no pensar, lo que sea, tampoco toma líneas de metro de color azul o gris, porque significaría sin duda la manera más torpe de quedarse atrapado en aquello en lo que no quiere pensar. Pero sobre todo, y por encima de todas las cosas, el señor Azul nunca se enamora, para no pensar.

Escrito por Jorge Gonzalvo a las 20:44

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Jorge Gonzalvo
Nací en Zaragoza, ochomesino y zurdo, rebelde y cabezota. La mitad de mi corazón es canario. Fuera de todo periodo de garantía. Aprendiz de ilusionista, músico, aspirante de piloto de naves diversas, portador de ojos sorprendidos y tacitas de capuccino, lector crónico, contradictorio, disperso, más bien inquieto, alguien que no siempre acaba lo que comienza.

22/04/2008
Historia en sí menor

10/01/2008
Los olvidados

18/12/2007
Señor Azul

Azucar Azul en Nadia(12/04/2007 - 05:14)

LO QUE LEO:
Cuentos reunidos (Cristina Peri Rossi)


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Jorge Gonzalvo

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