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Los olvidados se olvidan todos los días, se olvidan tanto que no encuentran la forma de no pensar en otra cosa. ¿Se echan de menos?. No es probable, nadie lo hace entre los olvidados. Se olvidan cada día, desde que se levantan (nunca es lo mismo levantarse que despertarse, del mismo modo que tampoco es lo mismo levantarse que abrir los ojos) hasta que se vuelven a levantar. Porque la vida consiste en levantarse todo el tiempo de todas las caídas, levantarse un lunes para encaramarse a los viejos ideales y alzar bien alto los brazos para ser vistos desde aquel avión en el que nunca podrán huir. Es posible escapar de los recuerdos, pero no se puede escapar de lo que uno olvida. Por eso los olvidados pueden levantar un planeta con apenas unas tablas y una pequeña asignación semanal de sueños rotos. Se olvidan todos los días, se olvidan porque el recuerdo les duele -aunque eso lo saben bien-, tanto que les come el deseo de lo que no tienen y se olvidan, además, de las letras del banco, de las facturas que pasa la vida, las que vencieron a primeros de mes y las que aún no llegaron. Y por supuesto se olvidan de lo que no supieron decirse de cualquiera de las maneras. Los olvidados se olvidan de todo, en definitiva, de sus nombres, de las ganas acumuladas, de todo eso que les arde en la piel y que después de la catástrofe que les aguarda no servirá ni para chatarra.
Fotografía: © David Niles
Escrito por Jorge Gonzalvo a las 2:18
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El señor Azul (lo de azul viene por una mala traducción relacionada con la extensa gama de tristezas que es capaz de alojar en las entrañas) hace todo lo necesario para no pensar. Lee libros para no pensar, escribe tonterías para no pensar, también lo hace para que alguna antigua novia suya -que, por otra parte, no quiere saber nada de él- pueda criticar esas estupideces que escribe de vez en cuando. Por eso y porque le gusta que le metan caña que, dicho sea de paso, le sirve también para no pensar. Se pierde en avenidas sembradas de soportales que bostezan despedidas para no pensar y solicita en algún estanco -con el correspondiente impreso- un poco de ternura de segunda mano para no pensar. Acude a la oficina para no pensar, le mira el culo a la de Recursos Humanos para no pensar, disimula estar bien o tirando (lo que él denominaría "normal") para no pensar, camina como si le persiguieran los recuerdos con tal de no pensar, se compara con tipos que jamás serán como él para no pensar, se detiene en los escaparates de lencería fina y no reconoce su reflejo entre tanto maniquí de medidas perfectas, si es que eso puede decirse que sea algo que ayude a no pensar. Observa a la mujer del tiempo y sus manos de mujer del tiempo para no pensar. Se imagina todas esas borrascas avanzando entre sus costillas. Entra en una agencia de viajes, se presenta, soy el señor Azul, dice todo pomposo y a continuación averigua la mejor manera de abandonar la ciudad discretamente, quiere visitar ciudades con nombres impronunciables, para que luego no puedan encontrarle -Tewkesbury por ejemplo- incluso cuando los de la agencia de viajes le contemplan de un modo extraño, el señor Azul les mantiene la mirada para no tener que pensar, uno, dos, tres...cinco...diez y les sigue mirando para no pensar. Se salta los semáforos para no pensar y encaja con indiferencia los insultos del taxista que ha tenido que esquivarle en el último momento. Hace fotos de las aceras que pisa para no pensar, duerme con viuditas desdentadas para no pensar, silba canciones tristes, todo para no pensar. Visita amigos que creen firmemente en la posibilidad de no pensar -al menos durante un tiempo-, intenta alargar ese tiempo, estirarlo como si fuera un domingo de un verano que una vez tuvo y se marchó dando tumbos, fuma (él que nunca ha fumado) cigarrillos bajos en nicotina para no pensar, responde cartas atrasadas para no pensar, hace el equipaje y lo llena de ropa interior como para una vida entera y también aunque muy de vez en cuando, se fuga con la vecina del sexto que no está nada mal, total, para no pensar. Hace cualquier cosa para no pensar, lo que sea, tampoco toma líneas de metro de color azul o gris, porque significaría sin duda la manera más torpe de quedarse atrapado en aquello en lo que no quiere pensar. Pero sobre todo, y por encima de todas las cosas, el señor Azul nunca se enamora, para no pensar.
Escrito por Jorge Gonzalvo a las 20:44
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El corro de la patata |
04/11/2007 |
Se besaban. Y no veas cómo. Daban ganas de saltar del coche y hacerles el corro de la patata. Cuando me detuve en aquel semáforo, también se detuvo el tiempo y un poco todo: las calles, el tráfico, un banco de cúmulos que avanzaba en dirección Gran Vía y amenazaba tormenta. Todo quieto y allí estaban ensamblados el uno al otro, como piezas de Lego, no tendrían más de quince y ya comprendían que la vida consiste en devorar el tiempo, las bocas, las lenguas, masticándose y adheridos por la cintura, cadera, coxis y rabadilla y el chaval que la sujeta como quien sujeta un mundo entero, un planeta, al tiempo que le cuenta al mismo mundo congelado en esa esquina, que esa chica es suya, o quiere que sea suya, una vida entera o esa vida que es la única que conoce y que dispone. Lejos de separarse, se juntaban más, juraría que ni respiraban y si lo hacían, tendría a la fuerza que ser de manera invisible y precipitada, dejando pasar pequeñas cantidades de oxígeno entre el inexistente espacio que quedaba libre entre sus bocas disueltas, devastadas por todo aquel mar de arrebato adolescente.
Pensé que nadie en su sano juicio querría avisarles, avisarles de lo que viene después, con el tiempo, cuando tengan dieciocho o veintitrés o treinta y tantos y ella conozca las fiestas de fin de curso, los viernes de cosquillas en el ombligo que terminan en domingos de resaca, para qué, para qué joderles con lo que viene, si tarde o temprano jugarán al Lego en otras cinturas, en otras caderas, en otras rabadillas y quien sabe si olvidarán aquellos besos de esquina que ocupaban orgullosos una tarde de dos mil siete. Nadie querría avisarles, porque eso sería como tirar piedras a los perros que fornican en la calle y escapan aullando, desencajados.
Ahora sé que cuando me detuve en aquel semáforo, también se detuvo el tiempo y un poco todo, las calles, el tráfico y un banco de cúmulos que al alcanzar la vertical de sus cabezas, de sus bocas, de sus lenguas, descargó un espléndido temporal.
Escrito por Jorge Gonzalvo a las 9:1
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Jorge Gonzalvo
Nací en Zaragoza, ochomesino y zurdo, rebelde y cabezota. La mitad de mi corazón es canario. Fuera de todo periodo de garantía. Aprendiz de ilusionista, músico, aspirante de piloto de naves diversas, portador de ojos sorprendidos y tacitas de capuccino, lector crónico, contradictorio, disperso, más bien inquieto, alguien que no siempre acaba lo que comienza.
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LO QUE LEO:
Cuentos reunidos (Cristina Peri Rossi)
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