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Enferma de deseo
Nevó durante toda la tarde. Por fin paró un poco y salí a la calle. Pero no había forma de caminar sin dejar huellas. Me encontrarías. Entonces llegó ella, con su flamante coche rojo y oliendo a puta barata. Entró en tu casa por la puerta principal y yo aproveché las rodadas de su coche para alejarme. Puse cuidado en tapar la nariz con un pañuelo para que no cayeran las gotas de sangre sobre la nieve.
Pero no olvidaría la paliza durante meses y quizá también todo ese tiempo me quedarían los moretones violáceos alrededor de los ojos para que cada vez que me mirara en el espejo pensara en ti y en tu fuerza bruta, en tu excitante fuerza bruta. En tus músculos de titanio, en tu altura, tu cabello rubio, tu lujuria.
No quise dejar huella en tu calle ni en tu vida, borraría mis pasos desapareciendo; no sabía en ese momento cuál fuera el lugar más lejano del planeta, pero hacia allí me dirigiría. Creí que mi nariz no necesitaba cura, pero aunque la necesitara se debía sanar sola porque ni loca ni rematada me acercaba a ningún hospital que yo no sé mentir y apenas me hicieran alguna pregunta sospechosa hubiera dicho toda la verdad.
Para qué llamaste a la puta de tu madre no lo sé. La única que necesitaba consolación era yo en ese caso. Por lo menos las huellas que dejó con el auto me sirvieron para ocultar las mías.
Volví, entré sin ser notada y tomé el perchero de bronce que has parado junto a la puerta trasera, con él te rompí el cráneo, despedazado, aplastado, todo frente a los ojos de tu madre que gritaraba como la loca puta que es. Matándote dejo de sufrir. Si no existes este deseo enfermizo morirá contigo.
Carmiña Candido Daverio. Escrito por Cien maneras para morir a las 11:23
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