UN LUGAR PARA MORIR |
28/03/2007 |
Un viaje a una isla perdida del Mediterráneo marcará el nuevo comienzo, a través del amor con un joven pintor, de una psicóloga engañada por su marido y traicionada por su mejor amiga.
Genoveva Vasconcelos es una psicóloga que trabaja en un gabinete de Madrid. Casada desde hace algunos años con el prestigioso abogado Abelardo Gimeno, descubrirá que su marido le es infiel con otra mujer. Esta situación empujará a la protagonista a realizar un viaje interior y exterior a una pequeña isla del Mediterráneo donde descubrirá el verdadero amor. Su llegada a Benalferaiza (el nombre de la isla) le llevará a cambiar su forma de vida y a romper definitivamente con su pasado. Esta transformación se irá desencadenando a medida que Genoveva vaya profundizando en las nuevas relaciones de amistad con las que irá entrelazando su nueva vida. Unida afectivamente a un joven pintor y a una anciana alemana exiliada después de la Segunda Guerra Mundial, volverá a descubrir la alegría de vivir y el camino de la felicidad. Un sorprendente final hará que el lector se cuestione sobre la dimensión del perdón y la posibilidad, sin atarse al sufrimiento del pasado, de construir siempre un nuevo comienzo.
http://www.librosenred.com/libros/unlugarparamorir.aspx
CAPÍTULO I
Nunca me han gustado los viajes, pero éste que estaba a punto de emprender era más una necesidad que una obligación de las muchas que la vida me había ido imponiendo. He viajado, empujada por mi trabajo y, por razones familiares, pero por placer, es algo a lo que siempre me he resistido con todas mis fuerzas, unas veces lo he conseguido y, otras muchas, lo he sufrido. Ahora, viajo sola, sin más razón que la necesidad de arrancarme del infierno en el que estoy viviendo. Tengo miedo de la soledad, del vacío por encontrarme frente a mí misma, con mis debilidades y dolores psíquicos que vengo arrastrando desde hace tiempo. Los espacios abiertos me asustan, pero en mi casa no puedo seguir permaneciendo, huyendo de mi mundo interior y del espanto de enfrentarme a todo lo que me rodea.
Todo empezó en un otoño de hace cinco años. Tan ligera de equipaje como el deseo de desprendimiento me había empujado a vivir, abandoné mi casa, mis amigos, mi trabajo y todas aquellas ataduras que durante años habían configurado mi existencia, con poco horizonte de libertad al que asirme de verdad. Con la sencillez que había aprendido de mi madre Manuela, rompía con todos los hilos que, como anclas de hierro fundido, me mantenían en tierra firme, impidiendo cualquier tipo de movimiento con el que poder replantearme mi historia que no fuera la que las coordenadas de una gran ciudad te ofrece sin muchas posibilidades de negociación. Así de ruda y agresiva se me planteaba un pasado de maldición que estaba dispuesta a desmantelar definitivamente, o al menos durante un largo período de tiempo, hasta recomponer mi escala de valores, de la que me había estado alimentando, sin espacio digno para darme cuenta de por qué derroteros me estaba llevando la vida y, que no siempre había escogido en plenitud de facultades basadas en la independencia. Quizás, el temor a ser descubierta, por no sé que estúpidas coacciones sociales, me hicieron ser tan discreta como sigilosa en la preparación de aquel desplazamiento, para el que ya no había marcha atrás.
A las nueve en punto, sentada en el asiento del departamento que me correspondía, escuché el silbido del tren que ponía rumbo hacia el sur, un lugar hasta ese momento desconocido por mí y dibujado casi mágicamente por la proyección fantasiosa de mi imaginación. Algún que otro documental en la televisión y las lecturas noveladas de historias situadas en las costas mediterráneas se habían encargado de fraguar en mi ensoñación un paraíso de sosiego y bienestar pleno para el que me sentía preparada, por fin, a entregarme sin demasiados ambages. Perfectamente consciente de lo que dejaba atrás, sentí cómo las primeras sacudidas del tren me arrancaban de mi propio presente. Llevaba en mi bolso de mano un ejemplar de las Confesiones de San Agustín, un libro que siempre me había fascinado y que descubrí casualmente durante los años de carrera en la Facultad de Psicología. Para mí, además de los Evangelios, es uno de esos referentes que te acompañan a lo largo de la vida y que a menudo suelo leer cuando la lobreguez es capaz de apoderarse de tu corazón. Acerqué mi mano al bolso y adiviné con el tacto la dureza de las tapas del testimonio del Santo bien encuadernado. Me sentí segura, me acomodé mejor en mi asiento y respiré profundamente, dispuesta a disfrutar de un trayecto que, apenas, venía de comenzar. En ese momento, recordé que en mi bolso, junto a las Confesiones había metido mi diario, que más que un cuaderno en el que anotar los hechos más sobresalientes de mi vida, iba escribiendo los pensamientos y reflexiones desde donde analizar mi actitud ante la realidad que se me iba regalando. No todo había sido de color de rosa, pero en cualquier caso, era mío y eso lo dotaba de un especial valor del que no tenía por qué avergonzarme, sino alegrarme, en cualquier caso, por haber tenido la oportunidad, pese al dolor que me hubiera ocasionado, de haberlo experimentado en propia carne. Saqué entonces mi cuaderno de notas y empecé a leer algunas de sus páginas que, como un faro en medio de la noche, algo de luz iban poniendo en mi devenir, del que ahora, tenía la firme convicción de que no era yo la única que lo manejaba. Demasiadas circunstancias jalonan la vida como para hacerte creer que todo lo que te ocurre depende exclusivamente de ti. Del proyecto inicial de mi juventud a lo que ahora me veía empujada a vivir existía tal abismo, que ya había renunciado a hacer ningún plan a largo plazo.
“… No sé si habré tomado la decisión acertada, abandonando todas mis referencias afectivas que me mantenían anclada a mi Madrid del alma. Cuando llega el momento de enfrentarse a los propios fantasmas, existen tres formas de afrontarlos. La primera es reprimirlos y aguantar el dolor, in situ, sin más posibilidad que la de sufrir día tras día el desgarro de ver cómo tu vida se te va, sin poder, o mejor, sin querer evitarlo. Es como ponerse una venda en los ojos, evitando ver más allá de tus propias narices, tomando una postura de derrota consumada, hasta el final. Ciertamente, esa alternativa no me satisfacía lo más mínimo, aunque, es verdad que al principio me vi muy tentada de hacerlo. A veces, ocurre que el esfuerzo de la batalla es mayor que el sufrimiento de la lucha y una se ve tentada de entregarse a la rendición o a la derrota, antes de tiempo. La segunda forma es la de huir, evitando cualquier ejercicio que te disponga a encarar el encuentro contigo misma y debatirte en duelo, le cueste a quien le cueste. Pero, en cualquier caso, es creerse que vas caminando con la desventaja de nunca mirar hacia atrás, silenciando todo intento de querer cerrar la herida que sigue estando abierta. Esta no es, en ningún modo, mi forma de actuar en la vida. La huida hacia delante jamás me ha dado resultado. Por último, está la opción en la que ahora me veo inmersa. Se trata de coger el toro por los cuernos. Descubrir dónde está el dolor que te tiene abatida y buscar una solución, aunque esta te lleve a abandonarlo todo y poner rumbo nuevo, sin saber por qué nuevos derroteros te conducirá, ahora, la vida…”.
Escrito por Fausto Antonio Ramírez a las 13:16
|