El portal cultural de la Fnac

El blog de Álvaro Otero

Álvaro Otero

Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor. Ha publicado, entre otras obras, las novelas Waelrad (1995), Días de Agua (Premio Nostromo 2000), De mar y de muerte (2006) y El esplendor (2010, Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa).

Estoy con...

'La destrucción de los judíos europeos', de Raul Hilberg

Para entender en profundidad el origen y el desarrollo del Holocausto hay que leer esta obra magna de Raul Hilberg, profesor judío de la Universidad de Vermont de origen austríaco y fallecido hace ya cinco años. Son 1.400 páginas atravesadas por tanta erudición e inteligencia que convierten su lectura en un intenso placer intelectual, a pesar del oscuro y destructivo delirio que en ellas se narra y desmenuza. Solo un pero: la calidad de impresión de la edición de Akal, manifiestamente mejorable.

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El signo de los tiempos

Publicación: 11/10/2011

Con Umberto Eco me di de bruces cuando estudiaba Periodismo. Me sumergí en Apocalípticos e integrados, y fue tal la adicción que me creó, tal la fascinación por lo que me contaba, que desde entonces perseguí todas y cada una de sus nuevas obras. Las de ensayo siempre lograron mantener ese encantamiento inicial, pero no tanto las de ficción: me entretuvo El nombre de la rosa, pero ni siquiera pude terminar El péndulo de Foucault o La isla del día de antes, y ya no volví a intentarlo con ninguna otra de sus novelas.

El maestro de Alessandria me ha regalado, en fin, decenas de horas de gozo intelectual en esa "soledad central de un hombre en su biblioteca" a la que aludía Borges, y que a menudo echo tanto de menos en estos tiempos de premuras y desasosiego. Recuerdo, como si fuera hoy, la admiración reverencial que sentía ante su vasta cultura cuando recorría las páginas de La búsqueda de la lengua perfecta, o de La historia de la belleza, y acaso por eso, por el respeto que siempre le profesé, la decepción ante la burda maniobra editorial a la que se ha sometido con El nombre de la rosa ha sido para mí tan profunda.
 
Umberto Eco publica una nueva versión, una versión light, de su célebre superventas. Para que se haga más comprensible, más digerible, dice, y llegue a un público más amplio. Y eso, a los 79 años y tras millones de ejemplares de El nombre de la rosa vendidos y leídos, entre otros, por miles de jóvenes de colegios e institutos de todo el mundo que hasta la fecha no habían sentido la necesidad de aligerar nada, que habían comprendido cabalmente lo que Umberto Eco había querido contarles con su historia sobre las extrañas muertes ocurridas en un monasterio.
 
Cuando leí por primera vez la noticia, quise convencerme de que se trataba de un juego más del sabio italiano, de otro de sus experimentos sobre la comunicación de masas y la metaliteratura, pero no: es lo que parece. Vila-Matas, preguntado al respecto, soltó otra de sus genialidades: nada nuevo, dijo, respecto a lo de Eco, pues el 97% de los escritores ya rebaja el nivel de sus obras para llegar a más lectores. Resignémonos: acaso es el signo de los tiempos. Acaso Eco, como siempre, apenas se anticipa. O los detectives (light), o el desierto.

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Ensayo para la boda

Publicación: 31/08/2011

Camino al atardecer por las calles de barro del pueblecito pesquero de Rubona, en la frontera con el Congo. En la bahía, los pescadores salen a capturar tilapia y capitaine en sus trimaranes de madera. Cantan y reman con vigor, y sus voces resuenan en el crepúsculo de plata. Este es un viaje de niños, de recuerdos dolorosos, de alegría y de momentos mágicos como este y como el que me aguarda para dentro de unos instantes.

Oigo otras voces que se imponen a las de los marineros que se alejan. Voces femeninas. Polifonía africana en estado puro, tambores, palmas. Busco el lugar de donde proceden y mi mirada se detiene en una pequeña iglesia alzada sobre una loma. Me acerco hasta allí y asomo la cabeza por la puerta entreabierta. En el interior, un coro de medio centenar de jóvenes ensaya su actuación para una boda que se celebrara en los próximos días. Marca el ritmo el tambor que otro chico muy joven, casi un niño, toca con un vigor impresionante. Las voces son tan potentes, los tonos tan bien tramados, los bailes tan poderosos y alegres que un respingo de emoción me sacude el cuerpo entero.

Me dirijo al que parece el director del coro, que sin embargo resulta ser el novio de la boda. Me invita a quedarme. Comienza una nueva canción, y con ella uno de esos momentos inolvidables que te asaltan en los viajes cuando menos te lo esperas. Tomo fotos y grabo sin parar, me separo del grupo, me acerco, me interno entre sus filas, enfoco los pies, los brazos alzados al cielo, el suelo de barro de esta iglesita al norte del Kivu. Los chicos, a medida que el canto avanza, gesticulan más y más, se agachan, se inclinan, se contornean, cierran y abren los ojos, claman a Dios con sus voces y yo siento que ese momento se me agarra al alma y que acaso se sumara, como un fotograma, a ese celuloide de nuestra existencia que, dicen, pasa ante nuestros ojos a la hora del muerte.

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El niño de los campos de té

Publicación: 28/08/2011

Me detuve en un campo de té perdido en el camino y una nube de niños me rodeó. En rigor, me paso el día entre niños, en este país pleno de criaturas. Me pidieron que les hiciese unas fotos, y después quisieron verlas en la pantalla de la cámara. Sus rostros de admiración y sorpresa, al verse retratados en el pequeño recuadro, me emocionaron.

En los ojos de uno de ellos restallaba el brillo inconfundible de la inteligencia cuando se lanzó, ante las risitas nerviosas de sus amigos, a intercambiar conmigo cuatro palabrejas en inglés. Iba vestido con un harapo con forma de capa, endurecido por la suciedad. What's your name? Where do you come from? Las preguntas de siempre y los ojos y el corazón abiertos al uzungu, al blanco salido de la nada y armado con sus cámaras y su reloj de pulsera y sus gafas de sol y todos esos símbolos de prosperidad que llevamos encima sin apenas darnos cuenta. Cruzamos unas pocas palabras, unas pocas miradas, y subí al coche. Arrancamos y nos fuimos alejando lentamente por el camino embarrado. Comenzaron a correr detrás de nosotros. Aceleramos, y poco a poco se fueron quedando atrás, pero por el retrovisor vi de nuevo el rostro de aquel niño. Corría, me decía adiós con la mano y seguía corriendo. Tras el vi también  las casitas de adobe colgadas sobre los campos de té, ese paisaje que a buen seguro será el único de su vida. Fue quedándose atrás, alejándose en la distancia de barro, y entonces me dio por pensar que entre él y yo, entre él y mi hijo apenas se interpone el azar de haber nacido en un país o en otro, e uno u otro lugar, en la Europa próspera o en una casita de adobe de recolectores de té, perdida en el corazón de África.

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CARLOS MARZAL ('La arquitectura del aire'. Tusquets)