El portal cultural de la Fnac

El blog de Álvaro Otero

Álvaro Otero

Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor. Ha publicado, entre otras obras, las novelas Waelrad (1995), Días de Agua (Premio Nostromo 2000), De mar y de muerte (2006) y El esplendor (2010, Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa).

Estoy con...

'La destrucción de los judíos europeos', de Raul Hilberg

Para entender en profundidad el origen y el desarrollo del Holocausto hay que leer esta obra magna de Raul Hilberg, profesor judío de la Universidad de Vermont de origen austríaco y fallecido hace ya cinco años. Son 1.400 páginas atravesadas por tanta erudición e inteligencia que convierten su lectura en un intenso placer intelectual, a pesar del oscuro y destructivo delirio que en ellas se narra y desmenuza. Solo un pero: la calidad de impresión de la edición de Akal, manifiestamente mejorable.

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Mientras afuera el mundo se desmorona

Publicación: 10/05/2012

Hoy me he ausentado del mundo por unas horas para estar con mi amigo el poeta Antonio García Teijeiro. Atraviesa una época de zozobras interiores, y por eso he querido estar con él, para transmitirle con mi presencia, más que con mis palabras, lo mucho que me importa. Tras el almuerzo hemos ido a su casa, recién reformada, y aprovechando la mudanza interna hemos navegado por la miríada de libros, discos, fotografías, recuerdos que atesora, disfrutando una vez más con nuestras filias y fobias comunes y, sobre todo, con las que no compartimos, porque los amigos de verdad disfrutan y se ríen, sobre todo, con sus desacuerdos. La perpetua aquiescencia nos aburre profundamente, y nos hace desconfiar.

Salí de casa de Antonio con la cabeza llena de Dylan, de Beethoven, de Marco Denevi, de Schriabin –espléndida mezcla de Chopin y Schönberg-, de esos sus Versos de Agua que tantas noches le leo a mi hijo, de esas ediciones de Hiperión con los lieder de Schubert que tanta envidia me dan, de su vasta, colorida, heterógenea biblioteca erigida a lo largo de decenios de pasión por la literatura, por los amigos, por la vida. Después, ya lejos de su universo, me he sumergido en el tráfago habitual de los días, en el trabajo que te da de comer, en la actualidad marcada por tantos extraños avatares y promesas rotas, bancos nacionalizados, monarcas cazadores, sindicatos fascistas que acusan a infantas imputables, dinero que nos quitan de lo más preciado para tapar con él los fiascos de los de siempre… Un hastío profundo se ha apoderado de mí, y creo que, para despiojármelo, cuando termine de escribir estas líneas me calzaré mis zapatillas deportivas y saldré a correr, más y más, kilómetro tras kilómetro, dejando atrás el mar y las nubes y el viento, dejando que en mi cabeza resuenen, mezclados con mi propia respiración, acaso el piano de Nyman, acaso algo de salsa de Héctor Lavoe, acaso Martinho da Vila o el propio Schirabin, quién sabe, y mientras mis piernas tengan fuerza seguiré corriendo y pensando en las cosas bellas de la vida, como sentir el olor del mar tras unas horas en compañía de un amigo querido, de un amigo poeta con quien hablar de poemas y de partituras y de recuerdos. Nuestro admirado Sinatra cantó como nunca en los años de la guerra, mientras tantos miles de sus compatriotas morían en el frente. Así, nosotros, ahora. Quizá el gozo de vernos nos trascienda, quizá debamos escribir más que nunca, querernos más que nunca mientras afuera el mundo se desmorona.

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Pelando la judía

Publicación: 11/04/2012

Günter Grass se ha apresurado estos días a denunciar en un poema el peligro que supone para la paz mundial la potencia nuclear de Israel. Lo hace ahora, a sus 85 años, envejecido y con mi última tinta porque hay que decir lo que mañana podría ser demasiado tarde (sic). Sorprenden, en cualquier caso, las premuras denunciatorias de Grass, toda vez que el potencial nuclear de Israel no es ninguna novedad, como tampoco el hecho de que permanezca secreto, como ocurre con el de todas las potencias nucleares democráticas y con el de la mayoría de las que no lo son; sorprende también porque Grass no es hombre presuroso en sus denuncias, como lo demostró al tardar setenta años en revelar el pequeño detalle de su pertenencia, durante la Segunda Guerra Mundial, a las Waffen-SS, el fanático cuerpo de elite de las SS. Cuado estalló el escándalo, el Nobel se defendió argumentando que aquello duró apenas unos pocos meses de 1944, y que no disparó ni un solo tiro, lo cual, más que excusarlo, hacía todavía menos comprensible que lo hubiese ocultado durante tanto tiempo, sobre todo teniendo en cuenta su querencia por fustigar a tirios y troyanos con el látigo de su rigorismo moral, el mismo que no se aplicó a sí mismo hasta 2007, coincidiendo curiosamente –o no tanto- con la aparición de su autobiografía Pelando la cebolla. Sólo entonces, al alba de sus 80 años, decidió por fin que aquella anécdota de juventud debía ser revelada, y a pesar de su intento de equiparar su paso por las siniestras Waffen-SS con una especie de permanencia en los boy scouts nazis, la sorpresa y la decepción, como no podía ser de otra manera, fueron mayúsculas.

Ahora, Grass El Olvidadizo no ha querido que le volviese a pasar lo que le pasó al pelar la cebolla y por eso ha pelado un poco más la judía que ya peló con 17 añitos en las Waffen-SS, a la sazón las preferidas de Hitler por su adoración inquebrantable al Führer. Y lo ha hecho en forma de poema, lo cual, habida cuenta del asunto abordado, no deja de ser extraño. Aquí, la forma poética huele a disfraz, a guante de terciopelo, a máscara o a capirote,  quién sabe, al igual que la excusa del potencial nuclear de Israel, una democracia –la única del área, por cierto- que se enfrenta a un gobierno fanático, el iraní, caracterizado por combinar su carrera nuclear con la obsesión –voceada públicamente una y otra vez- por borrar del mapa al Estado judío y con la negativa a reconocer el hecho histórico del Holocausto, ese delirio colectivo que arrastró a la muerte a 6 millones de judíos mientras algunos pocos alemanes decentes se jugaban el pellejo para salvar a quienes podían y otros alemanes de frágil memoria se alistaban a las Waffen-SS a pesar de la fama atroz que las precedía.

Vuelve Grass a picar en su piedra judía, y yo venteo, como en 2007, el rastro de un nuevo libro. Envejecido, escrito con la última tinta. Porque hay olvidadizos que en realidad nunca olvidan, ni dan puntada sin hilo.

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El caballero de Porto Pim

Publicación: 26/03/2012

De la lectura de un libro de entrevistas a Borges, y de los relatos de Antonio Tabucchi en Dama de Porto Pim, nació mi primer libro, Waelrad, una novela breve en gallego que periódicamente me recuerdan mis amigos, pues la realidad, en esta Galicia que siempre tiene algo de mágica, persiste en imitar a la historia que se cuenta en ese primer opúsculo de mi breve y discreta obra: la del cadáver de una ballena cuyo olor hediondo hace revivir viejas rencillas en un pueblo marinero.

Pero no es mi intención hablar sobre Waelrad, sino de Tabucchi, ese gran escritor italiano que murió ayer en Lisboa, la capital de su segunda patria, Portugal. He admirado mucho a Tabucchi, aunque después de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro sus libros perdieron para mí, por alguna remota razón, el encanto de la referida Dama de Porto Pim, de Nocturno hindú, de Los volátiles del beato Angélico o, por supuesto, de Sostiene Pereira. Con los escritores pasan, a veces, estas cosas: de repente, un extraño mecanismo se pone en marcha y te aleja de ellos, como un amor que toca a su fin. A menudo, es el descubrimiento de los ingredientes de su cocina, de las pócimas de su alquimia, de los trucos de su encantamiento. Me ocurrió hace años con Paul Auster, un autor en cualquier caso muy inferior a Tabucchi, pero que, tras unos inicios brillantes con su Leviatán o sus Historias de Nueva York, inició un tan pronunciado descenso hacia lo literariamente previsible como proporcional y vertiginoso ascenso hacia la fama. También, en cierta manera, con Gabriel García Márquez. A los que hemos devorado con enfebrecido asombro cada una de sus líneas nos resulta incluso fácil imitarlo (no he escrito enfebrecido asombro en vano), porque el tiempo ha elevado a la superficie los resortes de su encantamiento, ese estilo barroco que hoy resulta artificial, que provoca cierto hartazgo y que, más que atraernos, nos aleja de él. Su calidad es indiscutible, es un clásico en vida, pero el traje de su obra tendremos que colgarlo durante décadas en el armario hasta que dentro de algunos años vuelva a ponerse de moda. Entonces, más que a nosotros, acaso le siente bien a nuestros hijos, o a nuestros nietos. Quién sabe.

Sólo unos elegidos logran mantener la magia incólume, eterna. Tolstói, por ejemplo. No sabes qué es, de qué se trata. No sabrías, siquiera, imitarlo, pero te sigue atrapando. Ah, el viejo cascarrabias de Yasnaya Poliana. Anna Karénina, Guerra y Paz, La muerte de Iván Ilich, siguen guardando sus secretos.

Ha muerto Antonio Tabucchi, un gran amor literario que se quedó en el camino. Y porque todos los amores que lo fueron un día serán siempre perdurables, hete aquí este mi pequeño homenaje en la hora de su muerte.

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Existe un sistema vistoso de la felicidad: las terrazas de café
CARLOS MARZAL ('La arquitectura del aire'. Tusquets)