El portal cultural de la Fnac

El blog de Álvaro Otero

Álvaro Otero

Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor. Ha publicado, entre otras obras, las novelas Waelrad (1995), Días de Agua (Premio Nostromo 2000), De mar y de muerte (2006) y El esplendor (2010, Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa).

Estoy con...

'La destrucción de los judíos europeos', de Raul Hilberg

Para entender en profundidad el origen y el desarrollo del Holocausto hay que leer esta obra magna de Raul Hilberg, profesor judío de la Universidad de Vermont de origen austríaco y fallecido hace ya cinco años. Son 1.400 páginas atravesadas por tanta erudición e inteligencia que convierten su lectura en un intenso placer intelectual, a pesar del oscuro y destructivo delirio que en ellas se narra y desmenuza. Solo un pero: la calidad de impresión de la edición de Akal, manifiestamente mejorable.

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Dulce noche en Varsovia

Publicación: 11/06/2013

Varsovia, hace unos días. Tibia la noche de primavera en un agradable restaurante al socaire de la muralla que rodea el Stare Miasto, la Ciudad Vieja. Las pintas de litro, rebosantes de cerveza, las fuentes repletas de carne se despliegan sobre la mesa de madera. Fluye la conversación en español, en inglés, trenzada de carcajadas y brindis polacos, ese Na zdrowie que tantas veces repetiremos a lo largo de los próximos días. A mi lado se sienta Carlos Punzón, cada vez mejor periodista y cada vez mejor amigo, con quien me sigue cabiendo el lujo y la honra, más de un cuarto de siglo después de habernos conocido en un hostal de mala muerte, de seguir descubriendo el mundo con la ilusión y la mente abierta de quien lo recorre por vez primera. Enfrente, el fotógrafo Óscar Vázquez, que ejerce de magnífico cicerone en estas primeras horas varsovianas. Hablo con Piotr, ejecutivo de una empresa tecnológica; con Kasia, promotora inmobiliaria; con Ola, cuyo fluido español, adornado de expresiones coloquiales, me deja admirado. Se palpa en el ambiente el vigor juvenil de nuestros compañeros de velada, ellos mismos una metáfora de este país que emerge de los horrores de su historia con un empuje luminoso. Siento la felicidad del viajero, esa gema que persigo con ahínco por todo el planeta desde que tengo uso de razón y un duro en el bolsillo, que jamás me cansaré de perseguir y que normalmente me sale al encuentro con los viajes ya avanzados, pero que hoy, al calor de la amistad y de esta espléndida noche, me asalta de repente cuando apenas han pasado dos horas desde que aterrizó nuestro avión. Es una felicidad fulgurante que desaparece de repente, devastada por el párrafo de Eugenio Suárez que da vueltas en mi cabeza desde que, hace ya varias semanas, lo descubrí en un libro de Arcadi Espada: En nombre de Franco. Un párrafo que dice así:

Budapest continuaba divirtiéndose. En un teatro de variedades triunfaba la voz de oro de Catalina Kárady; en el Moulin Rouge, la ciudad admiraba la genial gracia de un payaso español: Charlie Rivel. El Danubio no se había helado y los tziganes se sacaban de la cabeza nuevas melodías para acunar amores. El 18 de marzo almorcé con unos amigos, cené con otros: buena gente, gente alegre, inofensiva, entregada a su trabajo, contenta con su suerte. Cuarenta y ocho horas más tarde, dos de ellos habían sido ahorcados. Algún otro llevaba sobre el pecho la infamante estrella amarilla; una de las mujeres, de exquisita educación, con treinta siglos de refinamientos talmúdicos sobre las leves espaldas, profundos ojos negros y airoso talle, era enviada a un burdel en el frente del Este. Los alemanes entraban en Hungría.

 

Eugenio, periodista manchego que a sus veinticinco años ejercía entonces de corresponsal en Budapest, logró concentrar en este párrafo toda la violencia de la guerra, toda su depravación moral, su poder destructor de sueños y de vidas. Como Eugenio, también yo celebro la alegría de los entregados a su trabajo, de los prósperos, la belleza de las leves espaldas que ahora no son talmúdicas sino eslavas, de los ojos que no son negros sino azules. Corre la carne cruda y sazonada, más cerveza y más risas. Es primavera en Varsovia y la degusto con deliberada fruición, pero a diferencia del Budapest de Eugenio ningún tanque atravesará frontera alguna, ninguna estrella será cosida a pechera alguna, ninguna mujer será arrojada a los burdeles del frente. No al menos aquí. Y para tener bien presente esta nuestra fortuna, cuatro días después Carlos y yo atravesaremos el umbral del Arbeit macht frei, del horror de Auschwitz. Pero esa será otra historia. Ahora estoy en Varsovia, la noche es dulce y yo, como todos, solo quiero vivir.

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Borges en la catedral

Publicación: 26/02/2013

Todo comenzó el 5 de julio de 2011 en uno de los grandes centros de la Cristiandad, la catedral de Santiago de Compostela. Ese día, el arzobispado anunció la desaparición del Códice Calixtino, un manuscrito iluminado del siglo XII que, además de reunir sermones, himnos o piezas musicales, narra el descubrimiento de la tumba del apóstol por Carlomagno e incluye una descripción del Camino de Santiago para peregrinos que está considerada la guía de viajes más antigua que se conoce.

El hurto del Codex Calixtinus desató toda suerte de conjeturas e hizo las delicias de conspirólogos y devotos del Código da Vinci, pero la realidad resultó más prosaica: el 3 de julio de 2012, exactamente un año menos dos días después de la desaparición del Códice, la policía detiene a un electricista, Manuel Fernández Castiñeiras, antiguo empleado de la catedral. En su casa, los agentes encuentran unos dos millones de euros en metálico y, en un garaje cercano, envuelto en bolsas de basura, el Codex.

El hallazgo de la joya bibliográfica medieval, de valor incalculable, se vende como un gran éxito policial, y hasta Mariano Rajoy, olvidando por un día sus peleas con la Troika y supongo que en calidad de comandante en jefe de las Fuerzas de Seguridad del Estado, se desplaza a Santiago para escenificar la entrega del manuscrito al arzobispo. Entrega, dicho sea de paso, a mano desnuda, lo cual desata las críticas de expertos y bibliófilos ante el tejemaneje mediático de tan delicada pieza.

A partir de ese momento, la rumorología local, un poco a la moda literaria, deriva desde el ámbito de las conjuras vaticanas al de las sombras de Grey. Los que presumen de bien informados murmuran en voz baja que en el asunto del códice hay sexo encerrado, y los dimes y diretes van subiendo de tono al ritmo de unos acontecimientos que se suceden a velocidad pasmosa. El 20 de diciembre de 2012, el deán de la catedral, José María Díaz, principal responsable de la custodia del códice, anuncia su dimisión, y apenas unos días después, el 11 de enero de este mismo año, la policía detiene a otro hombre, Fernando Sieira, acusándole de intentar extorsionar al deán recién dimitido con la amenaza de publicar un supuesto video de contenido sexual. La policía revela que Sieira ya había sido detenido anteriormente en relación con una extorsión similar a la baronesa Thyssen, y todo el asunto va adquiriendo ribetes de novela negra, tan negra y tan impredecible que, de repente, entra en escena un personaje inesperado: el propio juez instructor, José Antonio Vázquez Taín.

Taín, ante el asombro generalizado, anuncia la publicación de su primera novela, La leyenda del Santo Oculto, una intriga a caballo del siglo IX y la actualidad que tiene como hilo conductor la vida en la catedral y el propio códice, y donde abundan los robos y las referencias al sexo. En la novela aparecen personajes reales con sus verdaderos nombres, como el fiscal del caso del códice y algunos investigadores –“les hacía ilusión”, dice el autor-, y ante la polvareda que se levanta, el juez, cómodo en su papel de nueva estrella literaria, precisa que lleva trabajando en el libro desde hace catorce años.

Y es entonces cuando llega el giro borgiano.

El electricista, encerrado durante largos meses, sale de la cárcel en libertad provisional y a los pocos días entrega en el juzgado un escrito de quince folios donde, con nombres y apellidos, habla de sexo entre canónigos dentro de la catedral, intercambio de seminaristas, discusiones pasionales, tocamientos varios y robos a tutiplén. Es como si la ficción creada por el juez comenzase a perseguirlo en forma de una nueva realidad que le sale al encuentro y debe afrontar. A los pocos días, los medios, que se frotan las manos con este guión delirante, a la altura de las mejores tardes de mesa camilla entre Borges y Bioy Casares, informan de que Taín ha calificado de “jurídicamente irrelevante” el nuevo escrito del electricista, pero que ha decidido incluirlo en la causa para evitar un recurso de la defensa y, en consecuencia, más demoras en el proceso.

¿Quién ganará esta batalla? ¿La ficción? ¿La realidad? ¿Es el electricista una persona de carne y hueso, o solo un personaje literario que se ha escapado de la novela del juez? ¿Qué fue antes, la novela o el robo? ¿Se le escapó también al juez de la novela, mientras la escribía, la escena del robo y, vagando en la oscuridad medieval de Compostela, se encarnó en la figura de un inocente electricista?

Ahora, mientras me hago estas preguntas, leo en el el diario italiano La Repubblica que entre las razones de la dimisión de Benedicto XVI puede encontrarse el descubrimiento de una trama de sexo y corrupción en el Vaticano…

¿La maldición literaria de Santiago ha llegado a Roma? ¿Ha desatado el juez de provincias la ira de los dioses del Olimpo, esos que castigan a quienes, pudiendo escribir sobre ciertos asuntos, jamás deberían haberlo hecho?

¡Ah, Borges, Borges!, maestro, cuánto le echamos de menos...

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Beevor, el maestro

Publicación: 15/01/2013

Lo más placentero que he digerido estas Navidades ha sido la última obra de Antony Beevor, La II Guerra Mundial, un volumen de más de 1.200 páginas que ya ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca. He hecho mi particular reverencia mental al colocarla en la estantería, rendido ante la maestría de este bardo de la historia contemporánea que combina como ningún otro el rigor y la erudición con un pulso narrativo subyugante. De la mano de Beevor he disfrutado, con una intensidad como hacía tiempo que no experimentaba, del placer impagable de la lectura, y he padecido también esa leve tristeza, parecida a la melancolía, que se apodera de ti cuando estás a punto de concluir un libro que te ha tocado muy adentro.

La II Guerra Mundial de Beevor pertenece al puñado de obras que te cambian, que te dejan la sensación de que tras su lectura ya no volverás a ser el mismo, no en vano la materia sobre la que trabaja es una tragedia épica henchida de enseñanzas que el maestro nos va descubriendo cual minucioso taxidermista, diseccionando el vivo cadáver de la Historia capa a capa, levantando la del conflicto bélico para mostrarnos la del político, el racial, el moral..., en un viaje hacia lo más recóndito de la condición humana, individual y colectiva, del que ninguna persona inteligente puede salir indemne ni menos sabia.

Desde este humilde rincón, Sr. Beevor, mi más admirada enhorabuena.

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Hasta los veintisiete años August Zollinger no había desarollado ninguna profesión u oficio –ni siquiera alguna actividad esporádica que pudiera considerarse de beneficio público-, motivo por el que todos en Romanshorn, población de la que era oriundo y de donde nunca había salido, se asombraron mucho el día en que el joven Zollinger clavó sobre la puerta de su casa un letrero en el que, con caracteres de gran tamaño, podía leerse la palabra “IMPRENTA” 
(‘Andanzas del impresor Zollinger’, de Pablo D’Ors. Ed. Impedimenta)