Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es licenciado en Ciencias Físicas. En el año 2000 acuña el término Poesía Pospoética —conexiones entre la literatura y las ciencias—, cuya propuesta ha quedado reflejada en los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001), Creta lateral Travelling (2004) y el poemario-perfomance Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción] (2005). En 2007 fue galardonado con el Premio Ciudad de Burgos de Poesía por su libro Carne de Píxel. Su libro, Postpoesía, hacia un nuevo paradigma, ha sido finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009. En el 2006 publica su primera novela, Nocilla Dream (traducida a varios idomas), que fue seleccionada por la revista Quimera como la mejor novela del año, por El Cultural de El Mundo como una de las diez mejores, y en 2009 fue elegida por la crítica como la 4º novela, en español, más importante de Década. Crítica y público han coincidido en el deslumbramiento que está suponiendo este Proyecto Nocilla para las letras españolas, del que Nocilla Experience (elegida mejor libro del año por Miradas2, TVE y Premio Pop-Eye 2009 a la mejor novela del año, incluído en los Premios de La Música y La Creación Independiente) constituye la segunda entrega de la trilogía, y que concluye con Nocilla Lab. Su último libro es El hacedor (de Borges), Remake (Alfaguara 2011).
Tiene otro blog en Alfaguara.
Publicación: 15/02/2013
Cualquier otro hubiera pensado, “tu futuro yace en lo más profundo de lo que ahora ves”.
A veces, cuando es de noche, apago todas las luces de casa, me siento en el sofá, y miro la gama de grises que toman los objetos de la sala, similar al mito de los esquimales y sus 7 tonos de blanco en la nieve, pero esto no es un mito. Pareciera que desaparecen también los sonidos; surgen nuevas frecuencias en la zona de los graves, muy juntas, eso que algunos llaman ruido de fondo. Podría decir que el conjunto simula el zumbido sonoro de una pantalla de televisor cuando pones el volumen a cero, pero tampoco es eso. Esta oscuridad sólo emite más oscuridad. La siluetas de la mesa, las patas de las sillas, la puerta de la calle, la lámpara y las alfombras, se ven simplificadas; también el propio aire toma una densidad granulosa. Permanecer no dentro de tu casa sino dentro de un cuadro que es tu propia casa. El sofá es cómodo pero los sofás no tienen prestigio literario, no hay en toda la literatura alusión alguna a sofás salvo para describir situaciones anodinas, momentos de paso. Lo que abundan en los libros son las sillas y butacas, la individualidad del trono. En, En busca de un tiempo perdido, los sofás quedan reservados para escenas sin brillo; en, Ulises, el sofá es el último refugio de gente maliciosa [y son sólo dos ejemplos]. Sentado en un sofá literario, nada interesante puede ocurrir. No así en las películas o en los spots publicitarios o en las letras canciones, donde esa pieza doméstica se erige como uno de los espacios fundamentales a la hora de afianzar o destruir relaciones. De modo que apago todas las luces de la casa, me siento en el sofá, y miro.

Los personajes de los cuadros de Hopper miran, siempre miran [el hombre que sentado en la puerta de su gasolinera dirige la vista más allá de la carretera, la mujer que sentada en una cama observa algo a través de una ventana, o esa otra que observa también a través de una ventana, pero de pie y desnuda, y esa que lleva un vestido blanco y sentada al borde de otra cama hojea un libro, o el hombre que lee el periódico, recién desplegado, mientras su mujer finge tocar el piano], lo que en realidad están mirando es un cartel en una tapia, un anuncio en un periódico, el párrafo de un libro, una valla publicitaria, que sólo ellos ven, y que con variable tipografía dice:
“Ya estamos derramando sangre. Es a lo que hemos venido”.
Publicación: 17/12/2012
Hace pocas semanas, con eso de que el sol de invierno te lleva a abordar cosas raras que en otro momento ni te plantearías, Rodolfo se tumbó en la silla reclinable del porche de su cabaña, recién alquilada -Cabo Polonio, Uruguay-, para entregarse a la lectura del cuento, Calidoscopio, de Ray Bradbury. Tras unos minutos, se ve conmovido por uno de los párrafos: después de que la nave en la que viajaban se partiera en 2 como por la intervención de un gigantesco abrelatas, los 12 astronautas salen expulsados. Cada cual se pierde en caída libre, el espacio vacío los absorbe hacia órbitas desconocidas o hacia la desintegración, lo único que les une son sus radiotransmisores. “Ahora en vez de hombres eran sólo voces, voces incorpóreas y desapasionadas, con distintos grados de terror y resignación.”
Rodolfo cierra el libro, lo deja sobre la toalla y piensa en cómo esos astronautas verían nuestro planeta, qué clase de extraña miniatura sería la Tierra entonces para ellos. Tal idea lleva a Rodolfo a pensar en todas las personas de las que hemos perdido el rastro en lugares que –salvo los extraviados-, aún nadie ha visto. Alguno de esos lugares ha de quedar en la Tierra, se dice, y ese pensamiento no deja que descanse su cabeza.
Abandona el porche, se mete en la cabaña, dotada de un pequeño comedor en la misma entrada, y enciende la computadora portátil. En cuatro golpes llega a una página que de vez en cuando visita, un blog de viajes que aún habiendo sido abandonado se conserva tal como los propietarios lo dejaron. Arqueología de textos e imágenes detenidas en un tiempo que ya no existe. Debe de ser la única persona que lo frecuenta, lo que induce en Rodolfo la sensación de descubrir y habitar por unas horas un cuerpo perdido. A veces cree entender lo que sintieron los primeros que llegaron al Machu Picchu, o a la Luna, y también cree entender lo que sentirán los que algún día descubran la exacta ubicación de la Atlántida. Repasa las ofertas de vuelos a Cancún, hotel incluido, lee los comentarios de un grupo de viajeros a quienes les habían estafado en Praga, otros que glosaron su experiencia con los osos en la Selva Negra, se detiene unos instantes en las fotos de "Submarinismo en Cuba Ya", en las que descubre publicidad encubierta de prostíbulos en barcazas. Una anomalía le detiene: nota la foto de La Torre Eiffel gastada, como si los píxeles hubieran perdido intensidad. Desciende en la pantalla y lo mismo ocurre con la imagen de la Pirámide del Sol, Teotihuacan, próxima a la Ciudad de México. Se demora en la contemplación de ambas fotos.
A las 8 de la tarde se da cuenta de que ha olvidado ir a la tienda; tiene la despensa vacía. La familia de la cabaña de al lado le ofrece macarrones con almejas que les sobraron de la comida del mediodía; los acepta. Se lleva el plato, lo posa sobre la pequeña mesa supletoria que saca de la cocina al porche. Mastica con la vista fija en la unión del cielo y el mar. Hay estrellas. De la cabaña de al lado sale música, no está a volumen alto pero la proximidad y el silencio de la noche anulan algunas barreras. Parece proceder de la habitación de la hija; ve su sombra silueteada a través de la cortina de la ventana. Ella también come macarrones con almejas. Poco después la música desaparece, la luz de la ventana se apaga. No tardan en apagarse las luces de todas las cabañas. Rodolfo, aún en el porche, se da cuenta de que no puede quitarse de la cabeza la canción que hasta hace escasos minutos salía de la cabaña de al lado. Mira el horizonte, su mente repite acordes, como si las notas intentaran ocupar todo el espacio disponible en su cerebro. Se acuesta y esa noche sueña con la canción y con la hija de sus vecinos.
Al día siguiente, de nuevo ante las fotografías de la Torre Eiffel y la Pirámide del Sol, comprueba que el borrado ha aumentado. Casi han desaparecido los píxeles centrales de ambos monumentos, que exhiben un pequeño agujero gris. Rodolfo piensa que no es que pierdan sus píxeles, sino que desde muy lejos algo arroja su sombra sobre ellos. Es el espíritu de la Navidad.

Publicación: 26/09/2012
AÑO 2009 (APROXIMADAMENTE):
En lo que se refiere a la imagen pública del sujeto, emerge una nueva manifestación de la publicidad, nos referimos a lo que se da en llamar el yoismo, o Generación Yo, que tiene en Internet su hábitat natural. Podría resumirse: YO, S.L. El culto a la imagen del ciudadano anónimo llevada a cabo por el propio ciudadano. Una autopublicidad desplegada con el mismo descaro que si se tratase de la clásica marca comercial que pretende expandirse en el mercado. Facebooks, MySpace, Fotologs, Youtube, etc, creados exclusivamente para, a través de textos y autorretratos fotográficos, darle al mundo una imagen construida de uno mismo. La palabra pudor ha pasado a mejor vida. La marca que pretende expandirse en el mercado es uno mismo, pero, ¿con qué fin? No para vender objeto alguno, y casi nunca con ánimo de lucro. Se trata de, a través de la seducción, intercambiar una mercancía simbólica llamada personalidad. Pero tal mercancía no tiene un destinatario determinado, se expande por las redes como una nube de esperma a la caza aleatoria de algún óvulo.
En un interesante análisis, Yo Soy la Estrella (por Xavi Sancho y Gerard Estadella), publicado en el suplemento de El País, EP3, se dicen cosas como estás:
Del nihilismo, al narcisismo. De la obsesión adolescente por la privacidad, al exhibicionismo. Del "mi querido diario" a "he cambiado el color de mi perfil online". De la soledad de mi habitación con The Cure cantando cómo me siento, a toda esta multitud que ha entrado en mi alcoba a través del ADSL pidiendo que me haga otra foto con el móvil y le envíe un e-mail con el último sencillo de Klaxons en MP3.
"En el capitalismo global todos actúan como estetas de clase media aunque sean pobres o muy pobres" (Eloy F. Porta)
Este grupo se caracteriza por una enorme autoestima, un narcisismo desarrollado hasta al paroxismo, un dominio de las nuevas tecnologías casi terrorífico, una acumulación de experiencias vitales de gran precocidad, una sanísima falta de prejuicios estéticos y musicales y un desprecio por lo establecido, no procedente de una herencia anarcosindical o de rebeldía punk de anuncio de refrescos, sino de un convencimiento casi absoluto de que ellos saben más y mejor
Jean Twenge, autora del libro Generation me (Free Press, 2006), estudio fundacional de estos jóvenes nacidos a partir de 1980, encantados de conocerse —y de que les conozcas—, recuerda:
"Esta gente con un nivel tan alto de narcisismo encuentra serios problemas a la hora de articular sus relaciones con otros humanos. A pesar de ser muy transparentes en tanto que exhibicionistas, el mundo no conectado a sus principios sigue encontrándolos complicados de entender.”
"El otro día vi un perfil Aefawhook en el que una chica escribió sobre una foto de ella misma: '¡Malditospaparazzis!'”
"¿Sabías que en Estados Unidos ya casi no se ponen nombres clásicos a los hijos?", cuenta Twenge. "La gente quiere un hijo especial, un trofeo. Deciden empezar a crearlos poniéndoles nombres cada vez más raros, más especiales, diferentes a los que se supone lleva la masa".
"Si hablamos de autobiografización de la experiencia y tecnologías del yo, tendríamos que remontarnos al romanticismo, y en particular a William Blake: '¡Antes ahogar a un bebé en su cuna que renunciar al más pequeño de nuestros caprichos!'. José Luis Molinuevo [catedrático de Estética de la Universidad de Salamanca] lo llama tecnorromanticismo, y es una renovación de esa estética a través de los nuevos medios".
Es interesante esa declaración de José Luis Molinuevo, ya que aunque el romanticismo se fundamenta en la exaltación del yo, existe una diferencia entre el yoismo y el romanticismo: el romántico del siglo 19 se postulaba como una singularidad, un bicho raro que suscribiría al 100% la canción de Creep, de Radiohead, "Ojalá fuera especial, tan especial /pero soy horrible /soy un raro/¿Qué demonios hago aquí?/ No pertenezco a este sitio” Ello no ocurre con esta generación de jóvenes autopublicitados, subconjunto de otro fenómeno: el internauta compulsivo, patológico, que en vez de permanecer encerrado en su celda lleva la celda de la que mana su personalidad –léase el teléfono-, en el bolsillo. En efecto, el yoismo no se enraíza en el malditismo, ni la exclusión social. Su referente clásico sería la cara pública de Andy Warhol. Sólo que lo que en Warhol era excentricidad hoy ha ascendido a norma.
FINALIZANDO EL AÑO 2012 (APROXIMADAMENTE):
A mí lo único que me gustaría saber es si a fecha de hoy ese certero análisis sigue vigente. O si por el contrario hacemos caso a estas 3 capturas de pantalla:
Hace varios meses recibí un mail de un joven guionista solicitando consejo sobre el funcionamiento de las agencias de talento...
Príncipe de Asturias de las Letras en 2008, Margaret Atwood vuelve con una compilación de narraciones "diseñada" por la editorial Lumen.
Nombrada Nuevo Talento Fnac de Cortometraje 2013 por su quinto trabajo, 'Lo sé', una historia de amor "voyeur".
Los crímenes de provincia (como era habitual en el mejor Chabrol); la burguesía y sus "maneras"; los sempiternos homenajes a Hitchcock...
Existe un sistema vistoso de la felicidad: las terrazas de café
CARLOS MARZAL ('La arquitectura del aire'. Tusquets)