Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor. Ha publicado, entre otras obras, las novelas Waelrad (1995), Días de Agua (Premio Nostromo 2000), De mar y de muerte (2006) y El esplendor (2010, Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa).
"El coro mágico", de Solomon Volkov.
Saboreo la lectura de El coro mágico, de Solomon Volkov, un delicioso ensayo sobre las vidas, los encuentros y desencuentros, de los escritores y artistas rusos desde Tolstói hasta casi nuestros días. Chéjov, Gorki, Meyerhold, Diághilev, Ajmátova, Tsvetáieva, Bunin, Blok… Están todos, y en el horizonte vigilante siempre Lenin, siempre Stalin, siempre el poder soviético dispuesto a cercenar cualquier atisbo de disidencia. Dramas, arte y política. Para los apasionados de Rusia y de la literatura.
Publicación: 31/08/2011
Camino al atardecer por las calles de barro del pueblecito pesquero de Rubona, en la frontera con el Congo. En la bahía, los pescadores salen a capturar tilapia y capitaine en sus trimaranes de madera. Cantan y reman con vigor, y sus voces resuenan en el crepúsculo de plata. Este es un viaje de niños, de recuerdos dolorosos, de alegría y de momentos mágicos como este y como el que me aguarda para dentro de unos instantes.
Oigo otras voces que se imponen a las de los marineros que se alejan. Voces femeninas. Polifonía africana en estado puro, tambores, palmas. Busco el lugar de donde proceden y mi mirada se detiene en una pequeña iglesia alzada sobre una loma. Me acerco hasta allí y asomo la cabeza por la puerta entreabierta. En el interior, un coro de medio centenar de jóvenes ensaya su actuación para una boda que se celebrara en los próximos días. Marca el ritmo el tambor que otro chico muy joven, casi un niño, toca con un vigor impresionante. Las voces son tan potentes, los tonos tan bien tramados, los bailes tan poderosos y alegres que un respingo de emoción me sacude el cuerpo entero.
Me dirijo al que parece el director del coro, que sin embargo resulta ser el novio de la boda. Me invita a quedarme. Comienza una nueva canción, y con ella uno de esos momentos inolvidables que te asaltan en los viajes cuando menos te lo esperas. Tomo fotos y grabo sin parar, me separo del grupo, me acerco, me interno entre sus filas, enfoco los pies, los brazos alzados al cielo, el suelo de barro de esta iglesita al norte del Kivu. Los chicos, a medida que el canto avanza, gesticulan más y más, se agachan, se inclinan, se contornean, cierran y abren los ojos, claman a Dios con sus voces y yo siento que ese momento se me agarra al alma y que acaso se sumara, como un fotograma, a ese celuloide de nuestra existencia que, dicen, pasa ante nuestros ojos a la hora del muerte.
Publicación: 28/08/2011
Me detuve en un campo de té perdido en el camino y una nube de niños me rodeó. En rigor, me paso el día entre niños, en este país pleno de criaturas. Me pidieron que les hiciese unas fotos, y después quisieron verlas en la pantalla de la cámara. Sus rostros de admiración y sorpresa, al verse retratados en el pequeño recuadro, me emocionaron.
En los ojos de uno de ellos restallaba el brillo inconfundible de la inteligencia cuando se lanzó, ante las risitas nerviosas de sus amigos, a intercambiar conmigo cuatro palabrejas en inglés. Iba vestido con un harapo con forma de capa, endurecido por la suciedad. What's your name? Where do you come from? Las preguntas de siempre y los ojos y el corazón abiertos al uzungu, al blanco salido de la nada y armado con sus cámaras y su reloj de pulsera y sus gafas de sol y todos esos símbolos de prosperidad que llevamos encima sin apenas darnos cuenta. Cruzamos unas pocas palabras, unas pocas miradas, y subí al coche. Arrancamos y nos fuimos alejando lentamente por el camino embarrado. Comenzaron a correr detrás de nosotros. Aceleramos, y poco a poco se fueron quedando atrás, pero por el retrovisor vi de nuevo el rostro de aquel niño. Corría, me decía adiós con la mano y seguía corriendo. Tras el vi también las casitas de adobe colgadas sobre los campos de té, ese paisaje que a buen seguro será el único de su vida. Fue quedándose atrás, alejándose en la distancia de barro, y entonces me dio por pensar que entre él y yo, entre él y mi hijo apenas se interpone el azar de haber nacido en un país o en otro, e uno u otro lugar, en la Europa próspera o en una casita de adobe de recolectores de té, perdida en el corazón de África.
Publicación: 27/08/2011
Me levanto a la cuatro y media de la mañana en la selva de Nyungwe, que conforma un vasto bosque lluvioso fronterizo con Burundi. Las aguas procedentes de Nyungwe se vierten sobre dos cuencas: sobre la del Nilo al este, y sobre la del Congo al oeste.
Es de noche todavía, y hace frío. Los 2.000 metros de altura mantienen bien a raya el calor africano, y hay que abrigarse. Además, la razón de que me levante tan temprano es que vamos a seguir el rastro de los chimpances, y todo lo demás apenas importa. En la selva de Nyungwe hay un grupo de estos primates que puede visitarse en su propia habitat, pero hoy las cosas parecen complicarse porque los rastreadores nos comentan que nuestros queridos chimpances han desaparecido en la profundidad de la selva, y no logran localizarlos.
Nos proponen trasladarnos en 4x4 hasta el bosque de Cyamudongo, un bloque de selva separado unos kilómetros del Nyungwe. Aceptamos, y de inmediato iniciamos un periplo de una hora por tortuosas y estrechas carreteras de barro que serpentean entre colinas cubiertas por cultivos de té. Por fin, al amanecer, llegamos al Cyamudongo, donde nos esperan los rastreadores locales.
Esta vez vamos a tener suerte. Tanta, que antes de detener el coche escuchamos ya los gritos inconfundibles de nuestros queridos amigos. Nerviosos y excitados, nos internamos por un sendero y al cabo de apenas quince minutos de caminata silenciosa el rastreador señala a lo alto de un árbol. Alli, sentado en una rama, descansa un inmenso chimpance macho. Nos da la espalda y de vez en cuando gira la cabeza lentamente hacia un lado, pero no parece importunado por nuestra presencia, sino más bien concentrado en la contemplación del sol anaranjado que despunta en el horizonte.
Tomo imágenes con mi cámara y seguimos caminando. Las sombras de otros chimpances pasan fugaces entre los árboles, y de vez en cuando estalla un breve griterío. Dejamos el sendero y nos internamos en plena selva. Subimos y bajamos por resbaladizas lomas de barro, alfombradas de hojarasca y madera podrida. Las lianas se enredan continuamente en los brazos y las piernas. La altura se hace notar, la respiración se vuelve agitada y el corazón late con fuerza. Llevamos una hora y media buscando al grupo de chimpances, que se ha vuelto muy esquivo, pero de repente el rastreador señala con su brazo un tronco caido. Estoy a punto de preguntarle que es lo que ha visto, porque yo al menos no logro distinguir nada, y entonces, a solo cinco metros de distancia de nosostros, otro enorme macho sale de la nada, salta el tronco y sigue su camino. Apenas tengo tiempo a verlo desaparecer entre los árboles, a mi izquierda, caminando tranquilamente. El rastreador se gira y me sonríe. Hemos necesitado cuatro horas de tumbos por carreteras tortuosas y caminatas por la selva para llegar a este momento mágico. Sé que, comparado con mi próximo encuentro con los gorilas de los Virunga, esto es apenas un aperitivo, pero ha sido, desde luego, exquisito. Cuanto mayor me hago, más me apasiona la Naturaleza. Será que el fiel de la balanza de mi vida ya se ha inclinado, y que la tierra comienza a reclamarme para el gran encuentro con todas sus criaturas.
"Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar". PROVERBIO CHINO (extraído de 'Memorias de la Tierra')