Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor. Ha publicado, entre otras obras, las novelas Waelrad (1995), Días de Agua (Premio Nostromo 2000), De mar y de muerte (2006) y El esplendor (2010, Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa).
"El coro mágico", de Solomon Volkov.
Saboreo la lectura de El coro mágico, de Solomon Volkov, un delicioso ensayo sobre las vidas, los encuentros y desencuentros, de los escritores y artistas rusos desde Tolstói hasta casi nuestros días. Chéjov, Gorki, Meyerhold, Diághilev, Ajmátova, Tsvetáieva, Bunin, Blok… Están todos, y en el horizonte vigilante siempre Lenin, siempre Stalin, siempre el poder soviético dispuesto a cercenar cualquier atisbo de disidencia. Dramas, arte y política. Para los apasionados de Rusia y de la literatura.
Publicación: 17/01/2012
Yo tenía veinticinco añitos recién cumplidos cuando me nombraron responsable de Prensa de una consejería de la Xunta de Galicia gobernada por Manuel Fraga. Pasé allí cuatro años intensos, intelectual y profesionalmente enriquecedores, y, contra lo que la gente suele creer, muy poco ortodoxos desde el punto de vista ideológico. Nunca he tenido carnet de ningún partido, y nadie allí me preguntó jamás a quién votaba.
El despacho de Fraga estaba a diez minutos andando del mío, en el edificio central de Presidencia, pero podía sentir su presencia en la distancia. Fraga irradiaba una suerte de energía telúrica a su alrededor que variaba de un día para otro, y que podía medirse con cierta precisión en función del nerviosismo de sus colaboradores. Acercarse a su despacho era como aproximarse al cráter de un volcán activo cuyos estallidos piroclásticos podían convertirte en ceniza en lo que dura un suspiro, una aventura de alto riesgo. La gente, a su alrededor, respiraba estrés en estado puro. Ahora, en la hora de los obituarios, algunos dicen que provocaba aquella tensión a propósito, para que todo funcionase mejor. El tiempo, y la muerte, son dos suaves edulcorantes.
De entre mis labores escritifláuticas al servicio del patrón, pronto me tocó redactar artículos y discursos para él. Y tengo que decir que disfruté mucho haciéndolo. Además de un ex ministro franquista, de un hombre que había firmado sentencias de muerte, de un político aherrojado al poder y dispuesto a todo para mantenerlo, latía en él, también, el espíritu de un intelectual extrañamente tolerante y libérrimo, barroco e imprevisible, y escribir para semejante personaje resultaba siempre estimulante, porque sospechabas, aunque jamás llegases a hablar con él al respecto –yo era apenas la última y anónima pieza de un gran engranaje- que realmente apreciaba los matices, los giros, el esfuerzo y el oficio que vertías en aquellas líneas que acabarían publicándose bajo su firma y, acaso, engordando su prolija bibliografía.
Nunca he escrito para alguien ideológicamente tan ajeno a mí, y nunca disfruté tanto haciéndolo. Supongo que el mío era el goce de ponerme en la piel, apenas por un momento y como negro literario, como joven y meritorio plumilla, de un tipo de político ya por entonces en extinción, culto, poliédrico y atrabiliario, que aborrecía el discurso plano y recurrido, las frases e ideas prefabricadas. Todo un reto, un ejercicio literario a lo Stanivslaski, una breve y estimulante reencarnación.
Estos días, tras su muerte, se escriben muchas cosas sobre él. Yo he querido escribir ésta.
Publicación: 14/11/2011
Hay libros que abandonas tras las primeras páginas, libros cuyo título olvidas cinco minutos después de terminarlos, libros que te dejan un buen sabor de boca y libros que recordarás para siempre porque, de alguna forma, te han tocado muy adentro, te han conmovido, te han transformado.
De uno que pertenece a esta última categoría quiero hablaros.
Gitta Sereny es una vieja periodista, biógrafa e historiadora austríaca de origen húngaro. Vivió parte de su juventud en Londres y completó su educación superior en Francia. Escribe, pues, tanto en inglés como en francés o alemán. La II Guerra Mundial la sorprendió en París, donde se unió a la Resistencia, y al terminar la contienda pasó varios años trabajando en campos de desplazados y ayudando a niños refugiados, comprobando sobre el terreno, en suma, el efecto devastador del régimen nazi sobre sus víctimas.
En 1974 publicó Into that darkness, editado en castellano por Edhasa hace dos años con el título de Desde aquella oscuridad. El volumen, de casi 600 páginas, es el resultado de más de setenta horas de conversación con Franz Stangl, a la sazón comandante de las SS responsable de los campos de exterminio polacos de Sobibor y Treblinka. Los encuentros tuvieron lugar en la prisión de Düsseldorf donde Stangl cumplía condena a cadena perpetua, y donde murió de un ataque al corazón apenas diecinueve horas después de que Sereny hubiera dado por concluido su trabajo.
Sereny tiene la habilidad de entreverar el relato del verdugo con el de sus familiares y sus víctimas, conformando página a página, trazo a trazo, el tenebroso retrato de la existencia de Stangl y del momento histórico que le tocó vivir. Y aunque es cierto que la capacidad de conmovernos llega de la mano de los horrores, de la escenas terribles que se relatan, de las increíbles historias personales de víctimas y supervivientes, lo que más me ha emocionado de este libro es su sabor a ese viejo periodismo obsesionado con la precisión y los siempre elusivos contornos de la verdad. Y digo viejo conscientemente, y digo incluso casi desaparecido, porque la preocupación de Gitta por los detalles y los matices, su cultura y su profundo humanismo son ya difíciles de encontrar, arrasados como han sido por las urgencias, la mediocridad, el afán de poder y los intereses espurios.
Stangl tenía el infierno dentro, el infierno de la Historia que había anidado en él. Pero Gitta, a pesar de la profunda repugnancia que le provocaban sus crímenes, cuaja un retrato crudo y al mismo tiempo compasivo de él, un cuadro imperecedero sobre la oscuridad del alma. En cierta forma, le ayudó a expiar sus pecados, por eso no me sorprendí cuando supe que Stangl murió horas después de que se despidiese de él para siempre. Era acaso su necesario sacrificio tras los cientos de miles de sacrificios ajenos e inútiles que había provocado, su inevitable final tras una vida de dolor y muerte ribeteada por ese regalo postrero del destino en forma de una periodista cabal, dispuesta a entrar en su vida con libreta y bolígrafo, con las armas de ese oficio otrora tan noble y en el que a veces tan difícil me resulta reconocerme.
Publicación: 11/10/2011
Con Umberto Eco me di de bruces cuando estudiaba Periodismo. Me sumergí en Apocalípticos e integrados, y fue tal la adicción que me creó, tal la fascinación por lo que me contaba, que desde entonces perseguí todas y cada una de sus nuevas obras. Las de ensayo siempre lograron mantener ese encantamiento inicial, pero no tanto las de ficción: me entretuvo El nombre de la rosa, pero ni siquiera pude terminar El péndulo de Foucault o La isla del día de antes, y ya no volví a intentarlo con ninguna otra de sus novelas.
El maestro de Alessandria me ha regalado, en fin, decenas de horas de gozo intelectual en esa "soledad central de un hombre en su biblioteca" a la que aludía Borges, y que a menudo echo tanto de menos en estos tiempos de premuras y desasosiego. Recuerdo, como si fuera hoy, la admiración reverencial que sentía ante su vasta cultura cuando recorría las páginas de La búsqueda de la lengua perfecta, o de La historia de la belleza, y acaso por eso, por el respeto que siempre le profesé, la decepción ante la burda maniobra editorial a la que se ha sometido con El nombre de la rosa ha sido para mí tan profunda.
Umberto Eco publica una nueva versión, una versión light, de su célebre superventas. Para que se haga más comprensible, más digerible, dice, y llegue a un público más amplio. Y eso, a los 79 años y tras millones de ejemplares de El nombre de la rosa vendidos y leídos, entre otros, por miles de jóvenes de colegios e institutos de todo el mundo que hasta la fecha no habían sentido la necesidad de aligerar nada, que habían comprendido cabalmente lo que Umberto Eco había querido contarles con su historia sobre las extrañas muertes ocurridas en un monasterio.
Cuando leí por primera vez la noticia, quise convencerme de que se trataba de un juego más del sabio italiano, de otro de sus experimentos sobre la comunicación de masas y la metaliteratura, pero no: es lo que parece. Vila-Matas, preguntado al respecto, soltó otra de sus genialidades: nada nuevo, dijo, respecto a lo de Eco, pues el 97% de los escritores ya rebaja el nivel de sus obras para llegar a más lectores. Resignémonos: acaso es el signo de los tiempos. Acaso Eco, como siempre, apenas se anticipa. O los detectives (light), o el desierto.
"Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar". PROVERBIO CHINO (extraído de 'Memorias de la Tierra')