Intérprete, compositor de bandas sonoras y escritor, Julio de la Rosa ha creado algunas de las mejores letras y melodías de la historia de la música en español: LA HERIDA UNIVERSAL, EL ESPECTADOR, LAS LEYES DEL EQUILIBRIO, o el titulado M.O.S., así lo atestiguan. De La Rosa ha compuesto para el teatro, la televisión y el cine (PRIMOS, AFTER, UNA PALABRA TUYA, LA LECCIÓN DE PINTURA, CARNE DE NEÓN, SIETE VIRGENES), pero su incontinencia creativa le ha llevado a publicar los libros 'Tanto Rojo Bajo Los Párpados' y 'Diez Años Foca En Un Circo'.
Publicación: 20/02/2012
Alejandro estaba enamorado. Llevaba meses persiguiendo -figuradamente- a Bea. De vez en cuando le escribía y, cuando se veían, era el chico más dulce del mundo. Le llegó a regalar un disco de su grupo favorito -el de ella-, y ella dijo que, con internet, la gente ya no regala discos. Él interpretó que, en realidad, el regalo no le hacía ninguna ilusión. Y tenía parte de razón. Pero la falta de ilusión de Bea procedía de sus sentimientos, respecto a él. Y es que a Bea hacía tiempo que le gustaba otra persona: Carlos, un amigo de Alejandro. Alejandro le hablaba a Carlos, a todas horas, sobre las virtudes de Bea, así que éste no se atrevía a ‘levantarle’ una chica a su amigo. Por eso y porque tenía novia. Diana, la novia de Carlos, estaba con él casi por pena. Carlos era un chico tan prudente que llegaba a ser aburrido. Pero Diana no era una chica muy agraciada, y pensaba que un chico tan apuesto como Enrique nunca querría algo con ella. Estaba en lo cierto. Enrique era un triunfador: interesante, guapo, rico. Viajaba por el mundo mientras enseñaba, a jóvenes de países en vías de desarrollo, cómo debían hacer su trabajo. Administración de empresas. Cemex, la mayor multinacional del cemento. Así que Enrique, en principio, no tenía ningún problema para conseguir chicas. Pero tenía una especial predilección por las desequilibradas. Le gustaban las más locas. Así que ninguna le duraba más de dos meses, el tiempo que solía tardar en explotar y escapar de sus fatídicas relaciones. Ahora por fin, Enrique era consciente de ello. Y había decidido bajar el listón. El listón de esquizofrenia de sus cónyuges. Andaba detrás de Fátima, que era una vieja conocida, ahora maestra, no muy brillante, no muy perspicaz, pero alguien que había demostrado, año tras año, ser una persona cuerda. Había estado casada, había llegado a tener una niña, y aunque se había separado, lo había hecho de manera cordial, tanto que mantenía una estrecha y excelente relación con el padre de su hija. Una de esas personas de las que no se conocen desajustes ni habladurías de ningún tipo. Tras semanas y semanas de palabras educadas, bonitas y esperanzadoras, Enrique consiguió llevársela a la cama. Pero en la cama, los dos ya desnudos y a punto de hacer el amor, Fátima le dijo: ‘No puedo. Estoy enamorada de Gustavo’. Gustavo era un antiguo amigo común, del pueblo, al que ambos habían seguido viendo a través de los años. Gustavo gustaba a todas. Y también acababa acostándose con todas ellas. De hecho, las trataba con cierto desprecio, detalle que, al parecer, muchas de ellas agradecían. Fátima era una de ellas. Así que, aquella noche, Enrique tuvo que concienciarse de que, si quería enamorar a una mujer tan aparentemente normal como Fátima, tenía que quitarle a su amigo Gustavo de la cabeza. Hicieron el amor con mucho amor, pero Enrique suponía que, mientras lo hacían, Fátima pensaba en Gustavo. El amigo Gustavo, por su parte, estaba en esos precisos instantes acostándose con Helena, una tipa famosa, preciosa y loquísima. Helena le hacía a Gustavo guarradas que ni él mismo sabía que existían, cuando de repente, entre una guarrada y otra, la chica le dijo: ‘Ponte aquí, Iván’. A Gustavo se le vino la cosa abajo y se indignó muchísimo. De la indignación pasó a la tristeza y comenzó a pensar en otras chicas: cuál de ellas sería la apropiada para comenzar una nueva vida. Por cierto que pensó en varias, pero ninguna era Fátima. Iván, el innombrable, era el último amor de Helena. Un tipo gay que, a los treinta y ocho años, acabó enrollándose con su amiga íntima. Claro que algo así no podía durar mucho. Se estiró más de la cuenta gracias a que él se dedicó a introducir, en la cama de ella, chicos bien guapos. Así había para todos porque, en realidad, lo de Helena, para Iván, no fue más que un desliz. Un desliz que duró más de la cuenta, pero nada reseñable. Uno de esos chicos que Iván compartió con ella fue Julio, un chavalín, bisexual, seductor y con ganas de fiesta. Por supuesto, ni que decir tiene que Iván cayó perdidamente enamorado de Julio. Pero Julio no era más que un chavalín, bisexual, seductor y con ganas de fiesta. Así que Iván lloraba desconsolada y trágicamente mientras Julio le aclaraba los términos de su relación con él. Una vez concluido su discurso, Julio salía de casa de Helena -porque esto sucedió en la misma casa de ella, mientras Helena se vestía a toda prisa para irse a trabajar-. Es por eso que Helena salió sin despedirse, porque sabía que ahí estaba sucediendo algo. Y por eso que Julio salió sin despedirse, porque sabía que había sucedido algo. Finalmente, es por eso que Iván quedó abandonado a su suerte sobre el sofá de Helena, empapado en lágrimas y deseando su propia muerte. Una vez en la calle, Julio cogió su móvil y le puso un mensaje a Keko, el chico que en realidad le gustaba. Keko no respondió. Lo de liarse con Julio no había sido más que una experiencia homosexual, su primera experiencia homosexual: y la última, se decía a sí mismo, asustado de en qué podría convertirse. Para evitar caer de nuevo en la tentación, Keko llamó inmediatamente a Laura, una chica que le andaba detrás y con la que se había liado un par de veces. Laura no le gustaba de verdad, pero era una chica amable. Amable: que se puede amar, se repetía. ¿Y por qué no lo hago? Pero Laura le dijo: ‘Ya no, Keko, he encontrado a alguien’. Laura se había liado con Mario, el ex de su amiga Nuria, y entonces Nuria, de tan cabreada, le había tirado los tejos a Oscar, el ex de Laura. Así que ahora Laura salía con Mario, el ex de Nuria y Nuria salía con Oscar, el ex de Laura. Pero ni Mario estaba realmente enamorado de Laura, ni Nuria enamorada de Oscar. Y entonces Nuria dejó a Oscar -por ñoño- y Mario dejó a Laura -por puta-. Por puta, sí. Todo por culpa de la Patri, una barriobajera -de actitud, no de posición social-, que se dedicó a acusar a Laura de puta para arriba delante del mismísimo Mario. El pobre Mario, después de escuchar cómo Laura se había enrollado con Quique, el novio de la Patri, decidió poner pies en polvorosa. Más porque ella no le gustaba mucho que porque se hubiera tirado al novio de su amiga, todo sea dicho. Y esa misma noche, Mario resolvió que Rocío era la mujer de su vida. Lo decidió así, casi sin pestañear, después de contemplar unas fotos de ella en facebook. Rocío no es que tuviera novio, pero jamás se había enrollado, ni jamás se iba a enrollar, con alguien que conociera a través de internet. Y Mario no consiguió hacerle olvidar sus prejuicios. Rocío, además, estaba secretamente enamorada de Sergio. Y Sergio, enamorado abiertamente de Tatiana. Le enviaba flores y cartas manuscritas, todo a la antigua usanza, mientras insistía en que el amor hoy en día es una mierda: ‘ya nadie ama como en el siglo dieciocho’, decía. A lo que Tatiana, sin inmutarse, respondía: ‘¿Será porque estamos en el siglo veintiuno?’. Y es que Tatiana buscaba a Ulises, un tal Ulises que, en realidad, no existía. En un viejo libro había un personaje llamado Ulises, pero este personaje, no me pregunten cómo, acabó enamorado de una lectora, Violeta, quién vivía las aventuras de Ulises con tal pasión, que el propio personaje luchó por escapar, de la prisión de sus páginas, para reunirse con ella. Aunque Violeta estaba casada con Xabi, un pamplinas que no era capaz de apreciar la exquisitez de la dama que tenía a su lado. De hecho, Xabi le ponía los cuernos a Violeta con Zaida, una niñata que, a su vez, se acostaba todos los martes con Alejandro, que estaba enamorado, sí. Pero no de ella.
Higuain Dice:
Miércoles 22 de febrero del 2012 a las 22:45 pm
Una duda, ¿Enrique y Quique son el mismo? xD ¡Grande Julio!
Presentamos esta exposición en la que el prestigioso autor se sirve de la sátira para ver con rayos X los huesos del sistema.
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Tras ganar el Premio Herralde con su anterior título, publica su segunda novela, 'Gloria mía', a comienzos de mayo.
La carrera de una estrella de cine consiste en ayudar a los demás a olvidar sus problemas. En usar tu encanto, tu belleza y tu jovialidad para hacer que la vida parezca más fácil. "El problema -dijo una vez Gloria Swanson- es que si no lloras nunca en público... en fin, el público supone que no lloras nunca". CHUCK PALAHNIUK. 'AL DESNUDO' (Mondadori)